Artículo y ensayo

El algoritmo que no entiende de colas en el banco

Entre la promesa de la inteligencia artificial y la realidad de la inflación, la clase media argentina descubre que la tecnología no resuelve la soledad ni la falta de trabajo.

El algoritmo que no entiende de colas en el banco

El algoritmo que no entiende de colas en el banco

El otro día, en el banco, un tipo se quedó mirando la pantalla del cajero automático. La máquina le pedía una confirmación, un número, un gesto. Pero él no se movía. Tenía los ojos fijos en el vidrio, como si esperara que el algoritmo entendiera su bronca. No entendió, claro. El sistema le devolvió un mensaje frío: operación cancelada. Y el tipo se fue, con las manos en los bolsillos, a hacer la cola de nuevo.

Pasa seguido. La tecnología avanza, dicen, pero acá la fila sigue siendo la misma. La clase media argentina aprendió a convivir con la frustración de los sistemas que no entienden de inflación, de deuda, de la urgencia de llegar a fin de mes. Las redes sociales, mientras tanto, venden una felicidad de plástico. Gente que sonríe en fotos de vacaciones, que postea logros y méritos. Pero el mérito, acá, es otra cosa. Es levantarse a las seis para tomar un colectivo que no llega, es negociar el precio del pan, es explicarle a los hijos que este mes no hay plata para la cuota del club.

La moral de las pantallas

Hay una moral nueva, que se cuece en los comentarios de Twitter y los grupos de WhatsApp. Una moral que juzga rápido, que no perdona. Se habla de la inseguridad, de la educación, de la juventud que ya no quiere estudiar. Pero nadie dice que los pibes están solos, mirando una pantalla, tratando de entender un mundo que no les ofrece nada. La polarización no es solo un invento de los medios, es el reflejo de una sociedad que se quedó sin relato. Antes había un Estado que prometía, una escuela que formaba, un trabajo que duraba. Ahora hay aplicaciones que te reemplazan, algoritmos que te clasifican, y una soledad que se paga con consumo.

El otro día, en la feria, una señora discutía con el verdulero por el precio del tomate. No era por la plata, era por la dignidad. Porque cuando todo se vuelve caro, lo único que te queda es defender lo poco que tenés. La clase media argentina sabe de eso. Sabe de crisis, de deudas, de promesas que se las lleva el viento. Pero también sabe de resistencia. De hacer empanadas para vender, de coser ropa para afuera, de inventar un oficio nuevo cada vez que el anterior desaparece.

La memoria que no borra el algoritmo

Hay una memoria que no se puede digitalizar. Esa que te hace recordar el olor del asado del domingo, la voz de tu viejo discutiendo con el vecino, la sensación de que el país podía ser otro. La inteligencia artificial no entiende de nostalgia ni de familia. No sabe lo que cuesta mantener una casa, pagar un alquiler, sostener una ilusión. Los algoritmos clasifican, ordenan, predicen. Pero no sienten. Y acá, en Argentina, sentir es lo único que nos queda.

Porque el poder, ese que se muestra en los discursos y los títulos, también se siente. Se siente en la cola del banco, en el silencio del ascensor, en la mirada del que no puede llegar a fin de mes. La manipulación de la verdad no es nueva, pero ahora tiene herramientas más finas. Las redes sociales amplifican el odio, la polarización, el miedo. Y la clase media, que siempre fue el termómetro del país, se recalienta. Explota en broncas internas, en discusiones de pasillo, en silencios que pesan más que mil palabras.

Pero también hay gestos. Una vecina que te presta la sal, un amigo que te escucha, un hijo que te abraza sin preguntar. Esa es la identidad que no se negocia. La que sobrevive a la inflación, a la deuda, a la promesa vacía de un algoritmo que promete resolverlo todo. La tecnología puede ser fría, pero la gente no. Y mientras haya un tipo haciendo cola en el banco, mirando la pantalla con bronca, va a haber algo que el algoritmo no va a entender.

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