La deuda de clase
Hay un momento, cerca del cierre de mes, en que la familia argentina se sienta frente a las cuentas. No es un ritual nuevo, pero cada vez duele más. El recibo de la tarjeta, el aumento del colegio, el boleto que subió otra vez. Y ahí, en ese silencio que se arma alrededor de la mesa, aparece la pregunta de fondo: ¿esto es vivir o es pagar?
La clase media argentina aprendió hace rato que la inflación no es un dato del INDEC sino una experiencia concreta. Saber que lo que compraste ayer vale menos hoy no requiere estadísticas: alcanza con ir al supermercado. Pero lo que cambió en los últimos años no es solo el precio de la leche. Es la sensación de que el esfuerzo ya no alcanza. Que trabajar más, estudiar, hacer horas extras, no garantiza nada. El mérito, esa vieja promesa liberal, se volvió un chiste de mal gusto.
Los chicos crecen viendo a sus padres calcular en voz alta. Escuchan frases como "no llegamos" o "habrá que esperar". Aprenden que la palabra futuro viene acompañada de deuda. No es que antes no hubiera crisis. Pero había una épica: la del ascenso social, la casa propia, el título universitario. Hoy esa épica se desmorona. El título ya no asegura trabajo. La casa propia es una hipoteca a treinta años. Y el ascenso social, para muchos, es emigrar.
La deuda como identidad
El crédito se volvió una forma de vida. No por elección sino por necesidad. La tarjeta no es un lujo: es la manera de estirar el sueldo hasta que alcance. Pero esa deuda no es solo financiera. Es moral. Vivir debiendo implica una tensión constante: la deuda con el banco, con la familia, con uno mismo. Cada compra a plazos es una promesa futura que no sabemos si vamos a poder cumplir.
Y el Estado, mientras tanto, oscila entre la promesa de contener y la realidad de ajustar. No importa el signo político: la lógica es la misma. La clase media queda en el medio, apretada entre los que reciben asistencia y los que se van. Esa famosa "clase media" que los discursos políticos invocan como un fetiche, en los hechos es la que paga el costo de la inestabilidad. La que no califica para planes sociales pero tampoco para ahorrar. La que trabaja en blanco y cada mes descubre que el sueldo rinde menos.
El ruido del relato
Los medios y las redes sociales amplifican esa sensación de estar al borde. No solo porque muestran crisis (eso lo hacen desde siempre) sino porque construyen una realidad paralela donde cada hecho es una batalla cultural. La polarización no es un accidente: es un negocio. La indignación constante genera clics, y los clics generan pauta. Pero para el que vive en el día a día, esa guerra de relatos es un ruido de fondo que no ayuda a pagar las cuentas.
Lo curioso es que, en medio de ese ruido, la verdad se vuelve difusa. No importa si un dato es cierto o falso: importa qué relato pega más fuerte. La inteligencia artificial, que prometía orden, termina multiplicando la confusión. Los bots, los deepfakes, la desinformación organizada. Todo contribuye a que la realidad sea un campo minado. Y la clase media, que necesita certezas para planificar, se queda sin piso.
La soledad del que paga
Hay una paradoja: nunca estuvimos tan conectados y nunca nos sentimos tan solos. Las redes sociales muestran vidas perfectas, viajes, comidas, logros. Pero el que está del otro lado, mirando desde el living de un departamento alquilado, sabe que eso no es la vida real. La comparación constante genera una insatisfacción que no tiene nombre. No es envidia: es la sensación de que uno no está a la altura. De que la vida que le tocó no es la que debería tener.
La educación, que antes era el gran ecualizador social, hoy reproduce las diferencias. Los colegios privados cuestan fortunas, los públicos están desbordados. La brecha digital no se cerró: se transformó. Ya no es solo tener o no tener internet: es saber usar las herramientas, entender los algoritmos, no caer en la trampa. La juventud argentina crece en un mundo donde la atención se vende al mejor postor y la identidad se construye a golpe de like.
La memoria como resistencia
En ese contexto, recordar parece un acto político. No en el sentido partidario, sino en el sentido humano. Recordar que hubo otras crisis, que la clase media sobrevivió, que el mérito no es un invento de los que ganan. Recordar que la dignidad no se mide en pesos. Que pagar las cuentas es necesario, pero no es lo único. Que la familia, el trabajo, el esfuerzo, tienen un valor que ningún índice de inflación puede medir.
Pero la memoria también es frágil. La velocidad del presente la borra. Cada día trae una nueva noticia, un nuevo escándalo, una nueva promesa. La clase media argentina está cansada de promesas. Lo que necesita son certezas. Un Estado que funcione, un trabajo que alcance, una educación que sirva. No pide milagros: pide lo básico. Poder vivir sin estar siempre en deuda. Poder mirar al futuro sin miedo.
Eso, en la Argentina de hoy, suena a utopía.
