Artículo y ensayo

El Estado que ya no alcanza

Entre la inflación y los servicios que se caen, la clase media argentina descubre que el Estado no es un refugio, sino un trámite que no termina nunca.

El Estado que ya no alcanza

El Estado que ya no alcanza

En la fila del banco, un hombre de unos cincuenta años revisa el celular. La pantalla tiene una raja en la esquina izquierda. Mira el saldo, lo mira de nuevo, guarda el teléfono. La señora que está adelante pregunta si ya cobraron los jubilados. Nadie le responde. La cajera, detrás del vidrio, tiene la mirada perdida en algún punto entre el mostrador y el cartel que anuncia un plazo fijo con tasa irreal. La fila avanza dos pasos, se detiene, vuelve a arrancar. Es una danza conocida.

La maquinita del Estado

Argentina tiene una relación extraña con el Estado. Lo putea, lo necesita, lo idealiza, lo ningunea. La clase media creció escuchando que el Estado era un padre protector, o un ladrón, o un inútil. Dependía del día, del gobierno, del precio del dólar. Pero hay algo que une a todas esas versiones: la sensación de que el Estado siempre está, aunque nunca del todo. Está en el trámite que no sale, en el turno que se vence, en el subsidio que pide un papel que no se consigue.

La inflación, ese monstruo que todo lo corroe, también se come al Estado. No es que desaparezca, sino que se vuelve más lento, más torpe, más caro. Ir a la ANSES ya no es solo una pérdida de tiempo, es una decisión económica. El viaje, el café mientras esperás, el día que no trabajás. La clase media calcula y prefiere pagar un gestor. Así el Estado se externaliza, se convierte en un servicio más, como la electricidad o el gas. Solo que más caro y peor.

La moral del esfuerzo

Hay una idea que circula por las redes, los medios y las conversaciones de WhatsApp: el mérito. El que se esfuerza, gana. El que no, se queda atrás. Es una idea cómoda porque simplifica todo. Si no llegás, es porque no quisiste. Si te va mal, es tu culpa. La clase media argentina, que siempre se sintió el motor del país, se aferra a esa idea como a un clavo ardiendo. Porque si el mérito no funciona, si laburar doce horas no alcanza para llegar a fin de mes, entonces todo es más difícil de explicar.

El mérito es un relato que el poder vende bien. Pero en la práctica, la realidad se encarga de desmentirlo. La señora que limpia casas y cría sola a tres hijos tiene más mérito que cualquier CEO, pero nadie le va a dar un premio. El pibe que estudia en una universidad pública y viaja dos horas para llegar a clase también. Pero el mérito no se mide en sacrificio, sino en resultados. Y los resultados, en la Argentina de la inflación, dependen más del día que te tocó que de lo que hiciste.

Las redes y el vacío

Las redes sociales prometen conexión, pero entregan soledad. Uno se sienta a la mesa con la familia y el celular está al lado del plato. Se come, se mira, se comenta. No se discute de política porque ya no hay tema. La polarización no es un grito, es un silencio. Cada uno está encerrado en su burbuja, consumiendo contenido que le confirma lo que ya piensa. La verdad se ha vuelto un producto de temporada. Se compra, se usa, se descarta.

Los medios, que antes tenían un rol de crear un relato común, hoy pelean por la atención en un mercado saturado. La manipulación es parte del negocio. No se trata de informar, sino de retener. Y para retener, hay que asustar, indignar, entretener. La clase media consume esa mezcla con ansiedad. Sabe que la están manipulando, pero no puede dejar de mirar. Es como una novela que ya no le gusta, pero que sigue viendo por costumbre.

La juventud sin promesas

Los jóvenes miran todo esto con desconfianza. Crecieron en crisis, estudiaron en pandemia, salieron a un mercado laboral que no los espera. La inteligencia artificial, ese nuevo juguete que promete cambiar todo, les llega como una amenaza más. No es que no tengan ganas de laburar, es que no saben si va a valer la pena. La cultura del esfuerzo les suena a cuento de viejos. Ellos quieren algo más concreto: un sueldo que alcance, un alquiler que no se coma todo, un futuro que no sea peor que el presente.

La identidad también se resiente. Ser argentino, de clase media, joven, en 2025, es una ecuación difícil. No hay relato que la contenga. El peronismo, el antiperonismo, la grieta, todo eso parece un casete rayado. La memoria, ese ejercicio que antes se hacía en familia, hoy se terceriza. Se paga por un curso de historia, se compra un libro, se escucha un podcast. Pero la memoria no se alquila. Se vive o no es.

La dignidad que resiste

Y sin embargo, la gente sigue. La clase media se ajusta el cinturón, busca un cambio, compra en cuotas. La soledad se llena con series, con delivery, con un like que no abraza. El consumo ya no es un placer, es un refugio. Pero hay algo que resiste. Una dignidad que no se negocia, aunque el bolsillo diga lo contrario. Es la señora que no pide limosna, el pibe que estudia aunque no sepa si va a conseguir trabajo, el tipo que espera en la fila del banco sin quejarse demasiado.

El Estado no alcanza, la inflación no afloja, las redes no conectan. Pero la vida sigue, con sus rutinas y sus pequeñas batallas. La clase media argentina ya no sabe quién es, pero sabe lo que no quiere. Y eso, en un país donde todo parece estar al borde del precipicio, no es poco.

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