El mérito que no alcanza
En Argentina, el mérito siempre fue una promesa. Un contrato tácito entre la clase media y el futuro: si te esfuerzas, si estudias, si trabajas duro, vas a llegar. Pero la inflación, esa bestia que come salarios y sueños, se encargó de romper el pacto. Hoy, un joven que termina la secundaria con honores puede pasarse meses buscando un trabajo que no existe, o que existe pero paga menos que el alquiler de un monoambiente en el conurbano.
La deuda que no se ve es la más pesada: la de la promesa incumplida. Los padres que se sacrificaron para que sus hijos fueran alguien en la vida descubren que ese alguien ya no cabe en el relato. El mérito se convirtió en un lujo, algo que se negocia en las redes sociales, donde todos muestran su mejor perfil pero nadie cuenta que el esfuerzo no alcanza. La verdad es que la polarización política hace más ruido que la discusión sobre cómo se vive realmente. Mientras los relatos se enfrentan en los medios y en las pantallas, la clase media se desdibuja, atrapada entre la inflación que no da tregua y la soledad de una moral que ya no sabe cómo explicarse.
La familia, esa institución que siempre fue refugio, ahora es un espejo incómodo. Las cenas ya no son el espacio de charla que eran antes, no solo por la falta de tiempo sino porque el silencio pesa más. La tecnología y las redes sociales ocuparon el lugar de la conversación: cada uno con su teléfono, cada uno con su burbuja. La juventud crece en un mundo donde la inteligencia artificial promete resolver todo, pero no puede resolver la pregunta de qué hacer con la propia vida. El Estado, ausente o presente de manera torpe, no ofrece respuestas. Solo la crisis, que es la única constante.
Hay una manipulación sutil en todo esto. Los medios, las redes, los políticos: todos construyen un relato donde la culpa es del otro, donde la solución está a la vuelta de la esquina si votás bien, si consumís bien, si te informás bien. Pero la verdad es que la información se devaluó como el peso. Ya no sabemos qué creer. La memoria, esa herramienta que debería servir para no repetir errores, se atrofia. Preferimos el olvido, la novedad constante, el escándalo del día. La dignidad se reduce a poder pagar las cuentas a fin de mes, y cuando no se puede, se acaba el orgullo.
La educación, que fue el gran ascensor social de la clase media, ya no funciona como antes. Los títulos universitarios se devalúan, los posgrados no garantizan nada, y la cultura del esfuerzo choca contra una realidad que premia el contacto, la suerte o la capacidad de navegar en la incertidumbre. La identidad argentina, esa mezcla de nostalgia y resistencia, se redefine entre la inflación y la soledad. Ya no sabemos quiénes somos, solo sabemos que sobrevivir cuesta cada vez más.
El mérito no alcanza. No alcanza para comprar un departamento, no alcanza para mantener a la familia, no alcanza para sentirse seguro. La inseguridad no es solo la de la calle: es la de no saber si el trabajo que tenés hoy va a estar mañana, si el dinero que ganás va a valer algo la semana que viene. La moral, que antes se medía en acciones, ahora se mide en likes y en opiniones rápidas. La polarización no deja espacio para la duda, para la complejidad. Todo es blanco o negro, y la clase media, que siempre supo moverse en los grises, queda descolocada.
Consumir se volvió un acto de resistencia, pero también de resignación. La publicidad y las redes nos convencen de que la felicidad está en la compra, en el objeto nuevo, en la experiencia que se puede mostrar. Pero el consumo no llena el vacío de no saber para qué sirve tanto esfuerzo. La crisis no es solo económica: es una crisis de sentido. Y en esa crisis, la clase media argentina descubre que el mérito, ese viejo aliado, ya no le alcanza. Tal vez nunca alcanzó, pero era más fácil creer que sí.
