El relato de la deuda
El hombre mira el ticket del supermercado como si fuera un telegrama de malas noticias. Doscientos pesos por un paquete de galletitas. Trescientos por un litro de leche. La cuenta no cierra, pero ya dejó de cerrar hace meses, años. Lo que antes era un cálculo doméstico ahora es un ejercicio de abstracción: cuánto vale el trabajo, cuánto pesa el deseo, cuánto duele la dignidad.
La clase media argentina aprendió a convivir con la inflación como se convive con un pariente insoportable. Sabés que está ahí, que va a decir algo fuera de lugar, que te va a arruinar la cena. Pero no podés echarlo. Así que aprendés a negociar, a esquivar, a reírte para no llorar. La inflación es el ruido de fondo de la vida nacional: un zumbido constante que a veces se hace grito y a veces se apaga en un suspiro.
Pero hay otra deuda, más silenciosa, que no se mide en pesos ni en dólares. Es la deuda con el relato. Ese discurso que prometió que el esfuerzo tenía recompensa, que el mérito era un camino recto, que la educación era un pasaporte al futuro. La clase media compró ese relato como se compra un electrodoméstico en cuotas: confiando en que las próximas entregas iban a llegar. Pero las cuotas se fueron acumulando, los intereses se dispararon y ahora el saldo es impagable.
Las redes sociales, ese gran escenario de la vida moderna, son el espejo donde la clase media se mira y no se reconoce. Ahí circulan las fotos de los que viajan, de los que emprenden, de los que triunfan. El algoritmo alimenta la comparación y la ansiedad. Cada publicación es un recordatorio de lo que falta, de lo que no se alcanzó, de lo que se perdió en el camino. La polarización no es solo política: es emocional, es moral, es una grieta que divide a la familia en la mesa del domingo.
Y mientras tanto, el Estado mira desde lejos. A veces mete la mano, a veces la saca. La inseguridad no es solo un tema de estadísticas: es el miedo que se instala en el pecho cuando salís a la calle, cuando dejás a los chicos en la escuela, cuando escuchás un ruido en la madrugada. La educación, ese viejo orgullo argentino, muestra sus costuras: maestros que se van, aulas que se vacían, libros que no se abren. La juventud busca su lugar en un mundo que promete todo pero da poco. El trabajo se fragmenta, se precariza, se vuelve un privilegio más que un derecho.
En medio de este paisaje, la inteligencia artificial asoma como una nueva promesa. Los gurúes venden la idea de que la tecnología va a resolver lo que la política no pudo. Pero el algoritmo no entiende de soledad, no sabe de memoria, no puede reparar el tejido social que se rompió. La máquina procesa datos, no historias. Y lo que la clase media necesita, más que un cálculo eficiente, es un relato que la sostenga.
La verdad, esa palabra tan gastada, se ha vuelto un artículo de consumo. Cada quien elige la suya, la que le cierra, la que le duele menos. Los medios compiten por la atención, no por la comprensión. La manipulación se viste de información y la información se disfraza de entretenimiento. En ese ruido, la clase media busca señales, pistas, certezas. Pero las certezas escasean y lo que abunda es la incertidumbre.
El mérito, ese concepto tan querido por la moral de clase media, se revela como lo que siempre fue: una promesa que depende de quién la hace y para quién. No es lo mismo merecer cuando tenés una red de contención que cuando no. No es lo mismo esforzarse cuando el piso es firme que cuando todo tiembla. La meritocracia es un lujo que pocos pueden pagar.
Y sin embargo, la gente sigue. Sigue yendo al trabajo, sigue mandando a los chicos al colegio, sigue pagando las cuotas. Sigue creyendo, a pesar de todo, que algo va a mejorar. Esa obstinación es, quizás, el último gesto de dignidad. La clase media argentina no se rinde: se adapta, negocia, sobrevive. Y en esa supervivencia, construye una memoria que no está en los libros de historia sino en los gestos cotidianos: la charla con el vecino, el mate compartido, el abrazo que no necesita explicación.
La deuda, entonces, no es solo económica. Es una deuda con el pasado, con las promesas que no se cumplieron, con los sueños que se postergaron. Pero también es una deuda con el futuro: con la posibilidad de construir un relato que no mienta, que no prometa lo que no puede dar, que reconozca las grietas sin esconderlas. Mientras tanto, la clase media mira el ticket del supermercado y se pregunta cuánto vale, realmente, la dignidad.
