El ruido de los otros
La casa está en silencio pero el teléfono vibra. Son veintitrés mensajes de un grupo del colegio, tres notificaciones de una app de delivery, un video que un amigo compartió sin mirar, una alerta del banco. La clase media argentina aprendió a vivir con el ruido de los otros, ese zumbido constante que llega desde las pantallas, desde la tele encendida en el living, desde la radio que alguien dejó en la cocina.
Ya no hay momento sin información. El problema no es la falta de datos sino su abundancia. Uno se sienta a comer y el celular está al lado del plato, boca arriba, esperando. La familia come mirando algo, cada uno con su dispositivo, compartiendo el mismo aire pero no la misma atención. La polarización no nace del odio, dice un amigo sociólogo, nace del cansancio de escuchar al otro. Y acá todos hablan al mismo tiempo.
En las redes, la verdad se volvió un asunto de posición. Cada posteo es una trinchera. Uno defiende su relato como si defendiera su casa. Y la casa, la propia, esa que se paga con un crédito hipotecario a treinta años, también se defiende. La inflación se come el sueldo, el mérito no alcanza, la deuda moral se renueva cada mes. La clase media descubrió que la dignidad no la da el trabajo sino la capacidad de sostener el consumo. Y el consumo es un espejismo que se aleja.
Los jóvenes miran todo esto desde afuera. Crecieron con la pantalla como mediadora, con la inteligencia artificial como respuesta, con la memoria fragmentada en historias de veinticuatro horas. No conocen la paciencia del papel, la espera del correo, la certeza de un horario. Para ellos, la identidad se construye en loops, en repeticiones, en memes que duran un día. La moral es líquida, la cultura es un archivo que se borra solo. Y uno, desde el sillón, los ve moverse y no entiende del todo cómo llegaron hasta ahí.
El Estado, mientras tanto, es una promesa que se renueva cada elección. La política es un ring donde se pelea por el relato, no por las soluciones. La inseguridad no es solo salir a la calle, es también la certeza de que el sistema no va a estar cuando haga falta. La educación, que alguna vez fue el ascensor social, ahora es un gasto que no todos pueden sostener. La escuela pública sobrevive, la privada se encarece, y los padres hacen malabares para que los hijos tengan un futuro que ellos mismos ya no ven.
La soledad, entonces, no es geográfica. Es la distancia que se siente en un subte lleno de gente que mira el teléfono. Es la incomunicación en una cena familiar donde cada uno tiene su propio video. Es el silencio incómodo después de una discusión política que no lleva a ningún lado. La clase media argentina está rodeada de otros pero cada vez más sola. Y nadie habla de eso, porque el ruido tapa todo.
El mérito, ese viejo mantra de la cultura del esfuerzo, ya no convence. Se puede laburar doce horas y no llegar a fin de mes. Se puede estudiar, certificarse, hacer cursos online, y el mercado laboral sigue siendo un campo minado. La inteligencia artificial es la nueva promesa, pero también la nueva amenaza: reemplaza trabajos, simplifica tareas, y uno se pregunta si lo que hace vale la pena o si una máquina lo haría mejor. La identidad laboral, ese orgullo de ser algo, se desdibuja.
En las redes, la manipulación es moneda corriente. Los algoritmos muestran lo que uno quiere ver, refuerzan las creencias, encierran en burbujas. La verdad se trozó, cada uno tiene un pedazo y cree que es el todo. La memoria, antes un archivo familiar, ahora es un timeline que se puede editar, borrar, manipular. Y la familia, ese refugio clásico, también se resiente: hay menos hijos, más divorcios, más soledad elegida o forzada.
Uno camina por la calle y ve los locales cerrados, los carteles de "se vende", los precios que cambian de un día para el otro. La crisis no es un pico, es una meseta. La clase media aprendió a vivir en el borde, a calcular cada gasto, a diferir cada deseo. El consumo ya no es placer, es gestión. Y la moral, esa que juzga al que gasta mal o al que ahorra demasiado, se volvió un campo de batalla más.
Pero hay algo que no se dice. En medio de todo este ruido, de la inflación, de la polarización, de la inteligencia artificial y la soledad, la gente sigue buscando lo mismo: ser vista, ser escuchada, tener un lugar. La identidad no se compra ni se descarga. Se construye en los pequeños gestos, en la charla con el almacenero, en el abrazo después de una discusión, en la decisión de apagar el teléfono y mirar a los ojos. No es épico, no es heroico, pero es lo único que queda cuando el ruido se apaga.
Y el ruido, al final, siempre se apaga. Queda el silencio de la noche, el zumbido de la heladera, la respiración del que duerme al lado. Y uno se pregunta si todo este barullo sirvió para algo o si solo fue el sonido de una época que no supo callar a tiempo.
