La grieta que llevamos adentro
Hay una imagen que se repite en las cenas de fin de año. La familia reunida alrededor de la mesa, el brindis, los abrazos. Y después, cuando el vino empieza a aflojar las lenguas, alguien suelta un comentario sobre la política y el aire se vuelve espeso. Ya no hace falta discutir de fondo de deuda o de medidas del Banco Central. Basta con decir el nombre de un dirigente para que la mesa se parta en dos. La grieta no es solo un fenómeno de campaña electoral, de discursos encendidos en la televisión o de editoriales en los diarios. La grieta es algo que se lleva adentro, que se activa como un reflejo cuando alguien menciona la palabra justicia o mérito o esfuerzo.
La clase media argentina aprendió a convivir con la inflación, con la incertidumbre laboral, con la sensación de que el ascensor social dejó de funcionar hace rato. Pero lo que no aprendió es a escuchar al otro sin juzgarlo. Cada conversación sobre el país se convierte en un ring de boxeo donde no hay knockout, solo cansancio. La polarización no es una idea abstracta que aparece en los estudios de opinión pública. Es el tío que ya no habla con el primo porque votaron distinto en la última elección. Es la madre que cuelga el teléfono después de una discusión con la hija porque no soporta escuchar otra vez lo mismo.
Las redes sociales tienen buena parte de la culpa. No porque sean malas en sí mismas, sino porque están diseñadas para amplificar lo que divide. Un algoritmo no premia la duda, la matización, el matiz. Premia la certeza, la furia, el gesto tajante. Entonces cada uno construye su propio relato, su versión de los hechos, su verdad a medida. Y cuando la verdad se vuelve un producto de consumo, lo que se pierde es la capacidad de dudar. La grieta no es más que eso: la imposibilidad de sostener la incertidumbre. Necesitamos respuestas rápidas, etiquetas, bandos. El gris incomoda.
El problema es que esa lógica de la confrontación permanente se termina metiendo en los lugares más íntimos. La cena de fin de año es solo el síntoma visible. Pero antes está el grupo de WhatsApp de la familia, donde cada mensaje es una bomba de tiempo. Está el comentario en el posteo de un amigo, la reacción frente a una noticia que leemos en el subte. La polarización no necesita de grandes discursos. Se alimenta de pequeños gestos, de silencios, de miradas que esquivan el encuentro. Es una forma de soledad que se disfraza de pertenencia. Uno cree que está del lado correcto, pero lo que en realidad hace es alejarse de cualquiera que piense distinto.
Y la memoria, claro, también juega en contra. En la Argentina, la memoria es un campo de batalla. Cada fecha patria, cada aniversario, cada efeméride se convierte en una trinchera desde la cual disparar contra el otro. No hay relato compartido. Hay relatos que compiten, que se niegan entre sí, que buscan imponerse. La identidad se construye a fuerza de exclusiones: soy esto porque no soy aquello. Y así, el país se vuelve un rompecabezas al que le faltan piezas o, peor, un rompecabezas que nadie quiere armar junto.
En el medio está la clase media. La misma que durante décadas creyó en la educación como pasaporte al futuro, que sostuvo el consumo como señal de pertenencia, que defendió el mérito como forma de ascenso. Pero la inflación licuó los sueldos, la tecnología cambió las reglas del trabajo y el Estado dejó de ser garantía de nada. Entonces, ¿qué queda? Queda la bronca. Y la bronca busca culpables. Y los culpables, casi siempre, están del otro lado de la grieta.
No se trata de pedir un abrazo fraterno ni de imaginar una sociedad sin conflictos. El conflicto es parte de la vida democrática, de la discusión pública, del intercambio de ideas. Pero cuando el conflicto se vuelve identidad, cuando lo único que nos define es el rechazo al otro, entonces algo se rompe. Lo que se pierde no es solo la posibilidad de un acuerdo político. Se pierde algo más básico: la capacidad de mirar al que tenemos al lado sin verlo como un enemigo.
Quizás la grieta más profunda no sea la que separa a kirchneristas de macristas, a libertarios de peronistas. Quizás la grieta más profunda sea la que separa a cada uno de su propia capacidad de escuchar. Porque al final, el problema no es que el otro esté equivocado. El problema es que ya no nos interesa saber por qué piensa lo que piensa. Preferimos la certeza de nuestra propia trinchera al vértigo de asomarnos a la del otro. Y en esa decisión, nos vamos quedando solos, cada uno con su relato, cada uno con su grieta.
