La grieta del bolsillo
En una verdulería de Caballito, un hombre mira el precio del tomate y suspira. No es un suspiro teatral. Es ese cansancio que se acumula en los huesos cuando la plata no alcanza y las explicaciones de los políticos suenan a disco rayado. La señora que atiende le dice que todo subió, que el transporte, que el flete, que el dólar. El hombre asiente y compra medio kilo. Después camina hacia el subte y ve en el celular una noticia sobre la deuda externa, un posteo de un influencer que habla de meritocracia y un video de un pibe que baila en TikTok. Todo en quince segundos.
El relato que nos vendieron
En los últimos años, la palabra relato se volvió una muletilla. Los políticos hablan del relato propio, los medios construyen relatos, las redes los destruyen. Pero nadie se detiene a pensar que el relato más poderoso es el que se cuela en la cotidianidad sin que nadie lo note. Ese que dice que si uno trabaja duro, progresa. Que la educación es la llave. Que la clase media es el motor del país. Mentiras piadosas que chocan contra la realidad de un laburante que gana en pesos y piensa en dólares, que se endeuda para comprar un electrodoméstico y termina pagando el triple.
La inflación no solo devalúa el salario. Devalúa las promesas. Cada vez que el precio del pan sube, un contrato social implícito se rompe. La clase media argentina, esa que durante décadas se sostuvo con la idea del esfuerzo y la estabilidad, ahora se agarra de cualquier clavo caliente: un plazo fijo, una criptomoneda, un emprendimiento que promete libertad financiera. La dignidad se negocia en cuotas.
La pantalla como espejo
Las redes sociales amplifican la sensación de caos. En Twitter, la polarización es un deporte nacional. Cada usuario elige su trinchera y desde ahí dispara certezas. El que critica al gobierno es un gorila; el que lo defiende, un militonto. La verdad quedó sepultada bajo una montaña de memes y frases hechas. La inteligencia artificial, mientras tanto, aprende a imitar el odio humano y lo reproduce sin culpa. ¿Quién necesita un relato cuando un algoritmo puede fabricar uno a medida?
Pero la soledad no se resuelve con un like. La memoria, ese archivo frágil que guarda los errores y los aciertos, se diluye en el scroll infinito. Los jóvenes crecen con la sensación de que el futuro es una app que se descarga, que el mérito es cuestión de viralidad y que la identidad se construye con filtros. La familia, antes refugio, ahora es un campo de batalla ideológico. La moral se adapta al estado de ánimo del usuario.
El trabajo que ya no es
El trabajo, ese concepto que ordenó la vida de generaciones, se desdibuja. Ya no alcanza con tener un empleo formal. Hay que ser emprendedor, influencer, community manager. El Estado, que antes garantizaba cierta previsibilidad, ahora es visto como un obstáculo o una dádiva, según el humor del día. La inseguridad no es solo la del que camina por la calle con el celular en la mano. Es la inseguridad de no saber si el mes que viene vas a poder pagar el alquiler.
En una feria de San Telmo, un vendedor de libros usados me dijo que la gente ya no compra ensayos. Prefieren manuales de autoayuda o biografías de empresarios exitosos. Buscan recetas, no preguntas. La cultura se consume como un analgésico. La política, ese espacio donde se dirimen los conflictos colectivos, se redujo a un ring de boxeo donde gana el que grita más fuerte.
La verdad como lujo
En este paisaje, la verdad se convirtió en un lujo. No la verdad absoluta, sino esa pequeña verdad cotidiana que permite confiar en el otro. Cuando los medios repiten la misma noticia con distinto sesgo, cuando los políticos mienten sin pudor, cuando la inflación contradice los índices oficiales, el ciudadano se refugia en el escepticismo. Y el escepticismo, cuando se vuelve crónico, se transforma en apatía.
La clase media argentina ya no cree en los grandes relatos. Pero tampoco tiene uno propio. Sobrevive entre la nostalgia de un país que fue y la ansiedad de uno que nunca llega. La dignidad, esa palabra que se repite en los discursos, se mide en la capacidad de llegar a fin de mes sin deberle a nadie. La deuda, la verdadera, no es la del Fondo Monetario. Es la que uno contrae consigo mismo cuando renuncia a entender el mundo y se limita a consumirlo.
En la verdulería, el hombre del tomate ya se fue. La señora guarda la plata en un cajón y piensa en el alquiler. Afuera, el sol calienta la vereda y un pibe pasa en bicicleta mirando el celular. La vida sigue, como siempre, entre el ruido y la plata que no alcanza.
