La identidad que se busca en el mapa que no coincide
En el barrio de Villa Crespo, un hombre de unos cincuenta años pega un cartel de "Se vende" en la reja de la casa donde nació. No es la primera vez que lo hace, pero esta vez el gesto tiene algo distinto, una resignación que ya no duele. La casa es demasiado grande para él solo, la economía demasiado chica para mantenerla. Mientras ajusta la cinta, piensa en su padre, que la compró con el sueldo de empleado bancario. Esa ecuación, trabajo estable igual a patrimonio, hoy suena a fábula. La identidad de su familia, atada a esas paredes y a ese jardín, se desarma junto con los muebles que empieza a embalar.
La clase media argentina siempre se definió por lo que tenía, o por lo que aspiraba a tener. Una casa, un auto, la universidad para los hijos, un viaje a la costa. Esos hitos eran la brújula. Hoy, la brújula está rota. La inflación no es solo un número, es una fuerza que te despoja del futuro que creías merecer. El mérito, esa palabra que sonaba a verdad revelada, ahora se pronuncia con ironía. ¿De qué sirvió estudiar, esforzarse, cumplir las reglas, si al final el mapa no coincide con el territorio? La crisis no es un episodio, es el paisaje permanente. Y en ese paisaje, la pregunta por la identidad se vuelve urgente y a la vez imposible de responder.
El relato que ya no pega
Los medios, los políticos, las redes sociales, todos ofrecen un relato. Uno habla de la casta, otro del ajuste, otro de la década ganada. Son discursos que chocan como chapas en la tormenta, pero ninguno logra explicar la sensación de extravío en la cocina de una casa que se está vaciando. La polarización no es solo política, es íntima. Divide familias, envenena las cenas, convierte el grupo de WhatsApp en un campo de batalla. Cada uno elige su verdad como quien elige una trinchera, pero en el fondo, nadie está seguro de nada. La manipulación es tan burda que duele, y sin embargo, funciona. Porque cuando no sabés quién sos, cualquier historia que te ofrezca un lugar, aunque sea el de víctima o el de héroe, es tentadora.
El Estado, ese fantasma que cobra impuestos y no devuelve seguridad, educación ni justicia, completó el desarme. Ya no es el padre protector, ni siquiera es el enemigo claro. Es una niebla burocrática que te complica la vida y te deja solo frente a los peligros reales. La inseguridad no es una estadística, es el ruido de un motor que se detiene a media noche frente a tu puerta. La educación pública, ese ascensor social que funcionó para los abuelos, hoy parece un edificio en obras, con los ascensores clausurados. Los jóvenes miran ese panorama y su identidad se construye a contramano: no en lo que el sistema les ofrece, sino en lo que les niega.
La pantalla como espejo roto
En la soledad del living, la pantalla del celular brilla. Las redes sociales prometieron conexión y terminaron vendiendo comparación y ansiedad. Tu identidad es tu perfil, curado, filtrado, editado para mostrar un éxito que no sentís. Ves la vida de los otros, o la versión que quieren mostrar, y medís tu fracaso con esa vara digital. La inteligencia artificial empieza a filtrar hasta esa realidad, sugiriendo noticias, amigos, deseos. Pronto, quizás, también sugiera quién deberías ser. El consumo, antes un marcador de status, ahora es un acto de supervivencia o un lujo culpable. La dignidad se juega en la cola del supermercado, decidiendo entre la carne y los pañales.
La familia, ese último refugio, también se resquebraja bajo la presión. Las conversaciones giran alrededor de la plata que falta, de los precios que suben, de la bronca contenida. La memoria común, los recuerdos que forjaban un "nosotros", se nubla. Los más vivos recuerdan una estabilidad que los más jóvenes ni siquiera pueden imaginar. No hay un pasado compartido al que aferrarse, porque ese pasado pertenece a otro país. El trabajo, que daba estructura y sentido, se volvió precario, informal, a veces invisible. ¿Cómo te definís por lo que hacés, si lo que hacés puede desaparecer mañana?
Al final, la identidad de la clase media argentina en este momento es la de un náufrago que construye su balsa con los restos del barco que se hunde. Con astillas de educación, tablones de esfuerzo, cuerdas de memoria familiar. No es una identidad grandiosa, no da para eslóganes. Es una identidad de resistencia cotidiana, de pequeños pactos con la moral para seguir adelante, de buscar una verdad habitable entre tantos discursos armados. El hombre de Villa Crespo finalmente logra pegar el cartel. Se queda mirando la casa un momento más. No sabe quién será cuando viva en un departamento de dos ambientes, pero sabe que seguirá siendo, de algún modo, el hijo del empleado bancario que soñó con un futuro estable. Esa herencia, al menos, la crisis no se la pudo llevar. El resto, tendrá que inventarlo de nuevo, día a día, sin brújula, pero con los ojos abiertos.
