Artículo y ensayo

La clase media y el relato que ya no cierra

En los living de los departamentos y en las mesas de los bares, la clase media argentina discute con los códigos viejos en la mano, pero ya no sabe bien qué historia contar sobre sí misma.

La clase media y el relato que ya no cierra

La clase media y el relato que ya no cierra

El padre de Martín, contador jubilado, guarda en un cajón del escritorio un sobre con papeles amarillos. Están los recibos de sueldo de los ochenta, la fotocopia del título universitario, la factura de la primera computadora que compró a cuotas. Son los documentos de fe de una vida construida sobre una promesa simple: el estudio y el trabajo duro llevan a una casa propia, a los hijos en la universidad, a una vejez tranquila. Martín, que tiene cuarenta y dos años y trabaja en sistemas para una empresa de Bogotá desde su casa en Vicente López, mira esos papeles como quien mira artefactos de una civilización perdida. La ecuación se rompió en algún punto del camino, y nadie le entregó el nuevo manual.

La crisis argentina tiene muchas capas, pero hay una que es puramente narrativa. La clase media, esa entidad elástica y a veces difusa, perdió el relato sobre su propio lugar en el mundo. Durante décadas, su identidad se tejía con hilos concretos: el mérito medido en títulos, la dignidad asociada al salario en blanco, la movilidad ascendente como horizonte inevitable. Hoy, esos hilos se deshilachan entre la inflación que corroe los planes, la deuda que se come el futuro y la sensación persistente de que el esfuerzo individual es un barco a remo en un mar petrolero.

El trabajo y la grieta en el espejo

Martín gana en dólares, algo que en otra época lo hubiera ubicado en una categoría privilegiada. Sin embargo, vive con una ansiedad sorda. Paga un alquiler que se reajusta cada seis meses con un índice que nadie entiende del todo, sostiene a sus dos hijos en una escuela privada que cada mes parece más cara, y ayuda a sus viejos, cuya jubilación se convirtió en un ejercicio de malabarismo. El mérito, esa palabra que su padre pronunciaba con solemnidad, ahora suena a chiste privado. Su mérito lo contrata una empresa extranjera que no paga cargas sociales argentinas. Su seguridad es la inseguridad de un contrato digital que puede disolverse con un correo electrónico.

Esta no es solo una queja económica. Es una fractura moral. La ética del trabajo, el pilar sobre el que se edificó la autoimagen de la clase media, choca contra un mercado laboral que premia la especulación, la informalidad o la fuga hacia afuera. Los jóvenes que viven con sus padres hasta los treinta y cinco no lo hacen por comodidad, sino porque el primer sueldo no alcanza ni para alquilar un monoambiente en un barrio que no sea una zona de guerra. La palabra "progreso" se vació de contenido. Ya no se trata de ascender, sino de no caer.

La política como espectáculo ajeno

Frente a este descalce, la política ofrece un espectáculo de sordos. Los relatos que bajan desde el poder, ya sea oficialista u opositor, parecen escritos en un idioma extraterrestre. Hablan de cifras macroeconómicas, de acuerdos con el Fondo Monetario, de batallas culturales abstractas. Mientras, en la vereda de enfrente, el almacenero calcula mentalmente cuánto aumentar el precio de la leche para no fundirse. La polarización, alimentada hasta la náusea por ciertos medios y por las redes sociales, no es una discusión de ideas. Es un ring donde se pelean por la atención, mientras la gente apaga el televisor y vuelve a su calculadora.

El Estado, ese actor omnipresente en la historia argentina, se ha convertido en una presencia fantasmal. Está en la presión tributaria que ahoga al pequeño comerciante, en la escuela pública que se cae a pedazos, en el hospital donde faltan insumos. Pero se ha esfumado como garante de ese pacto básico que daba sentido al esfuerzo individual. Ya no protege, solo exige. La desconfianza no es un estado de ánimo, es un dato de la realidad. Y en ese vacío, crece la soledad. Cada familia se repliega sobre sí misma, a resolver sus cuentas, su seguridad, su educación, como si fuera una isla en un archipiélago de islas desesperadas.

Las redes y la identidad en venta

¿Dónde se construye la identidad cuando los viejos pilares crujen? Para muchos, migró a las pantallas. Las redes sociales ofrecen un escenario donde se puede curar una vida, exhibir un consumo simbólico, alinearse a una tribu ideológica con un like. Es un mundo paralelo donde la inflación no existe, o donde se convierte en un chiste viral. Donde la dignidad se mide en seguidores y la verdad es la que genera más engagement. La inteligencia artificial, que pronto escribirá nuestros mensajes y filtrará nuestra realidad, amenaza con hacer aún más profunda esta brecha entre lo vivido y lo representado.

La manipulación aquí no es solo política, es existencial. Se nos venden estilos de vida inalcanzables, se nos instala la ansiedad por lo que no tenemos, se nos fragmenta la atención hasta imposibilitar cualquier reflexión profunda sobre el desastre colectivo. La memoria, esa otra víctima de la crisis, se disuelve en el flujo constante de novedades y escándalos. ¿Qué pasó hace un mes? ¿Qué prometieron hace un año? Da lo mismo. El presente es un campo de batalla demasiado exigente.

Al final del día, Martín apaga la computadora. Su trabajo para Bogotá ha terminado. Abajo, en la calle, un pibe reparte comida en moto, zigzagueando entre los pozos. Su padre hojea el diario y murmura algo sobre el dólar. Sus hijos discuten en sus habitaciones, con auriculares puestos, en mundos virtuales donde las reglas son claras y las recompensas, inmediatas. Nadie habla del futuro. Es una conversación que duele. La clase media argentina, esa inventora de sueños a plazos, aprendió a vivir en un presente perpetuo y agotador. El relato se acabó. Y lo que viene no es una nueva historia, sino el difícil, incómodo y silencioso trabajo de buscar, entre los escombros de las promesas viejas, los materiales para construir algo que, por ahora, ni siquiera tiene nombre.

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