Artículo y ensayo

El país de las preguntas sin respuesta

En las cocinas y en las oficinas, los argentinos cargan con un equipaje de interrogantes que la política, la economía y la vida cotidiana se niegan a contestar.

El país de las preguntas sin respuesta

El país de las preguntas sin respuesta

La pregunta flota en el aire del living, entre el olor a café recalentado y el ruido de fondo de un noticiero. No es una pregunta grande, de esas que cambian la historia. Es más bien chica, doméstica. ¿Vale la pena arreglar la heladera que hace un ruido raro o es mejor esperar a que se rompa del todo? El técnico cobra en dólares, la pieza puede no conseguirse, el sueldo llega justo. No hay respuesta. O hay demasiadas, todas mal. Esa es la materia prima con la que se construye el día a día ahora: la incertidumbre aplicada a lo concreto.

El mérito y la grieta en el piso

Hubo un tiempo, dicen, en que el esfuerzo tenía un camino más o menos claro. Estudio, trabajo, familia, casa. Un relato lineal, una escalera. Hoy esa escalera tiene peldaños que se deshacen al pisarlos. La inflación no es solo un número, es un ácido que corroe la relación entre el esfuerzo y el resultado. Un profesional joven, con dos títulos y un inglés fluido, calcula cuántas horas de su trabajo equivalen a un par de zapatos para su hijo. La cuenta no cierra. El mérito, esa palabra que los discursos políticos usan como un talismán, se estrella contra el precio de la leche. La dignidad del trabajo se mide, a la fuerza, en la capacidad de llegar a fin de mes sin pedir prestado, un ejercicio cada vez más acrobático.

La familia, ese refugio mítico, se ha convertido en un centro de operaciones de crisis. Se discute de economía en la mesa, se negocia quién puede ayudar a quién, se comparten datos de precios por WhatsApp como si fueran códigos secretos. La soledad, paradójicamente, crece en medio de este bullicio familiar urgente. Cada uno carga con una parte del problema que no puede compartir del todo, por orgullo, por cansancio, por no sumar preocupación.

El relato y su sombra

Mientras tanto, la política habla en otro idioma. Habla de modelos, de batallas culturales, de enemigos externos e internos. Su relato es alto, estridente, lleno de certezas de cartón. Abajo, en la vereda, el relato es bajo, susurrado, hecho de dudas. La polarización que llena pantallas y titulares es un espectáculo que muchos miran con fastidio. No es que no importe. Es que suena lejano, como una pelea en un departamento del piso de arriba cuando a vos se te está inundando el living.

Los medios, algunos, amplifican esa pelea. Otros intentan traducirla. Pero hay una desconfianza de base, un escepticismo ganado a pulso después de tantas promesas rotas. La verdad se ha vuelto un artículo de lujo, o de nicho. Cada uno arma su rompecabezas con pedazos de información que llegan por redes sociales, por el grupo de vecinos, por ese primo que sabe de economía. La manipulación ya no es solo un acto de ocultar, sino de saturar. Arrojar tanta versión, tanta data, tanto enojo, que al final la única reacción posible sea apagar todo y mirar la heladera que hace ruido.

Las máquinas y la memoria

En este paisaje, la tecnología no es una salvación, es otro campo de batalla. La inteligencia artificial promete eficiencia en un país donde lo ineficiente es, a veces, el único sistema que funciona. Las redes sociales ofrecen comunidad y terminan vendiendo bronca o una felicidad de catálogo que contrasta con la realidad del saldo en la cuenta. El consumo ya no es un acto de identidad, es una táctica de supervivencia. Comprar lo que haya, cuando se pueda, al precio que sea menos malo.

Y en medio de esta carrera, la memoria se resiente. No la memoria histórica, grandilocuente, sino la memoria cotidiana. ¿A cuánto estaba el kilo de pan hace un mes? ¿Qué prometía este gobierno hace un año? La inflación borra el pasado inmediato. La vorágine de noticias, también. Se vive en un presente perpetuo y agotador, donde planificar es un acto de fe, o de locura.

El Estado es una presencia abstracta que se hace concreta en la factura de los impuestos, en la cola de un trámite, en la escuela a la que le faltan docentes. Es un gigante con pies de barro, al que se le exige todo y en el que se confía poco. La crisis de la educación no es solo de presupuesto, es de sentido. ¿Para qué estudiar? ¿Para qué esforzarse en un sistema que parece desconectado del país real, de un mercado laboral quebrado?

La identidad en remate

Al final, todo confluye en una pregunta por la identidad. ¿Qué significa ser argentino, ser de clase media, hoy? No es la respuesta del folclore, ni la del éxito deportivo, ni siquiera la de la resiliencia, que ya suena a consuelo barato. Es una identidad hecha de cicatrices y de astucia, de cansancio y de humor negro. Es saber que las reglas del juego cambian en medio del partido y que, aun así, hay que seguir jugando. Es construir un código moral personal, a veces a contramano de lo que predica el poder, a veces a contramano del propio vecino.

No hay un gran final, ni una lección. Solo hay gente tratando de responder, día a día, las preguntas que nadie más contesta. Arreglando la heladera, o decidiendo no arreglarla. Y en ese acto aparentemente pequeño, hay una postura frente al mundo. Una forma de decir: acá estoy, en medio del ruido, tratando de encontrar mi propio silencio, mi propia verdad, un pedazo de dignidad que no dependa del dólar ni del relato de turno. Es poco, quizás. Pero por ahora, es lo único que hay.

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