La educación de lo que queda
La semana pasada, en una escuela pública de la provincia de Buenos Aires, los alumnos de quinto año tuvieron que compartir manuales porque no alcanzaban los libros. La directora dijo que era una solución provisoria, pero todos saben que lo provisorio en la Argentina suele volverse permanente. La escena no es nueva, pero cada vez duele distinto.
La clase media argentina creció con la idea de que la educación era un pasaporte. Un hijo de clase media que estudiaba podía aspirar a algo mejor, aunque fuera un poco mejor. Esa promesa se fue desgastando con la inflación, con los ajustes, con la sensación de que el mérito ya no alcanza para saldar la deuda con uno mismo. Ahora, en muchas familias, mandar a los hijos a la universidad ya no es un orgullo, es un riesgo calculado.
El pacto roto
Hay algo de memoria colectiva en la forma en que los argentinos hablan de la educación. Los padres cuentan cómo ellos estudiaron con una lámpara y un café, como si el sacrificio fuera una garantía. Pero los hijos miran el presente y ven otra cosa: ven que un título no asegura un trabajo digno, que la palabra mérito suena a cuento cuando los salarios no alcanzan para alquilar, que el conocimiento no pesa tanto como un contacto. La familia, ese núcleo que antes transmitía valores y esperanzas, ahora negocia a diario con la realidad.
En las redes sociales, el debate sobre la educación se volvió un ring. Algunos defienden la escuela pública como un baluarte de la igualdad, otros la acusan de haber quedado rezagada. La polarización lo envuelve todo, incluso lo que debería ser un punto de encuentro. Pero en el medio están los pibes, que no piden discursos, piden herramientas. Y la verdad es que muchas veces no las tienen.
El ruido de las pantallas
La tecnología llegó a las aulas como una promesa de futuro. Pero lo que se instaló, en muchos casos, fue una tensión nueva. Los chicos manejan el celular con una destreza que asombra, pero les cuesta sostener la mirada durante una explicación. La inteligencia artificial, esa palabra que suena a ciencia ficción, ya está en los trabajos prácticos: algunos alumnos la usan para resolver ejercicios, otros para copiar, otros para entender. El problema no es la herramienta, es lo que revela. Revela que el sistema educativo sigue atado a una lógica del siglo pasado, mientras los pibes navegan en un presente líquido.
Los padres, mientras tanto, miran desde afuera. Pagan cuotas, compran útiles, bancan la cuota de la cooperadora. Pero sienten que algo se perdió, algo que no saben nombrar del todo. Quizá sea la confianza en que la educación era un camino seguro. Quizá sea la certeza de que, si estudiabas, tenías derecho a un futuro. Hoy, esa certeza es un lujo que pocos pueden pagar.
La moral del esfuerzo
Hay una moral que sobrevuela la discusión: la del esfuerzo. Se dice que los jóvenes no quieren estudiar, que prefieren el facilismo, que la cultura del trabajo se perdió. Pero esa mirada es injusta. La mayoría de los pibes que terminan el secundario trabajan, estudian o hacen las dos cosas al mismo tiempo. Lo que cambió no es la voluntad, sino las condiciones. La inflación se come los sueldos, el Estado no llega a todos, y el mérito se mide cada vez más en términos de consumo, no de saber.
La identidad de la clase media argentina está hecha de contradicciones. Por un lado, defiende la educación pública como un derecho conquistado. Por el otro, busca alternativas privadas cuando puede, porque siente que lo público se deterioró. Esa dualidad es agotadora, y se nota en la soledad de los que toman decisiones sin red. La familia, que antes era un sostén, ahora es un campo de negociaciones permanentes: el mango que alcanza para el apunte, el tiempo que falta para ayudar con la tarea, la angustia de no poder dar más.
Lo que queda
En algún punto, la educación ya no es solo un tema pedagógico. Es un espejo de lo que la sociedad argentina está dispuesta a sostener. La deuda no es solo económica: es un contrato moral que se renueva cada ciclo lectivo. Los docentes, que siguen dando clases con sueldos que no cierran, sostienen ese contrato con una paciencia que a veces parece milagrosa. Los pibes, que enfrentan un mundo laboral precarizado, buscan en las aulas algo que las pantallas no les dan: un lugar donde ser escuchados.
La crisis de la educación no se resuelve con más horas de clase ni con discursos sobre el mérito. Se resuelve cuando la sociedad decide que el conocimiento importa más que el consumo, que la verdad vale más que el relato, que la dignidad de un pibe que estudia no puede ser un gasto, sino una inversión. Mientras tanto, queda la rutina de todos los días: el viaje en colectivo, el manual prestado, la esperanza que no se apaga del todo.
Y queda, también, la certeza de que la educación no es un lujo. Es lo único que nos queda cuando todo lo demás falla.
